lunes, marzo 24, 2008

EL CAMINO DE LAS PITAS




Un simple trozo de cuerda, me ha hecho recordar aquella vereda( en invierno casi intransitable) que serpenteaba desde lo alto del arroyo del “Tío Minino” hasta el “Puente de los Cuatro Ojos”.

Partía aquel camino desde un cerro en el que habia enormes piedras y lozas sueltas para continuar con zonas empedradas y medio movidas que alternaban con la vereda de polvo rojo y fino del tránsito contínuo de burros, mulos y caballos.

Lo característico de esta encrucijada de camino, era realmente la enorme fila de pitas, que desde el principio hasta su cruce con la Casa de Piedra de los Canarios, la bordeaba a cada lado y esos largos troncos tan bonitos cuajados de “gamonas” con los que nosotros jugábamos y ensuciábamos las calles del pueblo sin darnos cuenta de lo que hacíamos.

Por los restos de piedras con “algamaza” que en algunos tramos había, siempre pensé que aquello había sido una calzada romana que probablemente conducía al Arroyo “Garcibravo” y enlazaba con la zona de San Pablo y El Corchado por su verticalidad con estos parajes.

Aquel camino o vereda tan pintoresco de Las Pitas representaba mucho para el pueblo porque se acortaba distancia hacia el Cortijo Román, Puente de Los Cuatro Ojos, Huerto de Jiménez, Puerto de la Autora, San Pablo de Buceite, El Corchado y Gaucín, así que era constantemente transitado por personas y animales de carga.

Todos los años en una época determinada, aparecian unas cuantas de familias forasteras que se dedicaban a cortar las largas y grandes palas de las pitas que ponían al Sol para que se secasen después de haberlas apaleado un poco con un palo de madera y allí permanecían bastantes días trabajando la pita, de la que conseguían sacar unas hebras finas y largas que con ayuda de unas tablas con agujeros iban trenzando hasta que se convertian en cuerdas blancas y brillantes perfectamente hechas rollos que vendian por las tiendas. Muchos cabreros y porqueros del pueblo, conseguían de allí la materia prima para confeccionar aquellas famosas hondas con sus pedreras de material y los enormes látigos que se utilizaban sobre todo para fustigar a los caballos cuando trillaban en la era, arrastrando el pesado trillo de ruedas engranadas.

También nosotros los chavales teníamos nuestro interés puesto casi todo el año en “El Camino de las Pitas” ya que cada vez que pasábamos por allí elegíamos nuestro “pitón” para en la fecha adecuada ir con las “zoletas”, las “mocafres” y los “picos” y después de mucho trabajo, sacábamos estos “pitones” medio secos que había que llevarlos a la casa y dejarlos en el patio que se secasen del todo y, poco a poco los íbamos dejando huecos para que llegadas Las Navidades pudiésemos tener a punto nuestra típica “zambomba”, cubriendo el hueco mayor con una piel de animal o tela de “muselina” a la que previamente se le ponía el “pitorro” y se claveteaba al “pitón” con puntillas negras llamadas “celosias”.

Recuerdo una vez que justo entre las primeras piedras de la entrada al camino habían tirado varios cochinos muertos y fuimos unos pocos y entre las pitas había un montón de enormes “pajarracos” que casi no podían volar por la cantidad de carne ingerida y los mayores consiguieron atrapar uno que pasearon por todo el pueblo.

La última vez que pasé por “Las Pitas” lo hice conduciendo mi coche y pasé un mal rato porque nada de lo que he mencionado ya existe y esta descripción que hago hoy, ya pertenece a la memoria de unos pocos y a la historia de otros.

Un abrazo.


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